El problema de acceso a la vivienda no es un problema de vivienda. Es un problema de haber confundido vivienda con propiedad.
Durante décadas, la política habitacional en buena parte del mundo operó sobre un supuesto que parecía obvio: si la gente no puede acceder a la vivienda, hay que ayudarla a comprarla.
El caso del Reino Unido es ilustrativo. A finales de los años 70, más del 30% de los hogares británicos vivían en vivienda social en alquiler, un parque desarrollado y gestionado con participación pública significativa, con resultados razonables en términos de acceso y estabilidad. La decisión política de financiar masivamente la propiedad privada, el célebre Right to Buy de Thatcher, desmanteló ese equilibrio. El resultado, décadas después, es una crisis de accesibilidad sin precedentes: más de 1,3 millones de hogares en lista de espera para vivienda social, y un ratio precio/ingreso que se ha más que duplicado desde finales de los 90.
La respuesta que se debate hoy en el Parlamento británico no es reconstruir el Estado constructor de los años 60. Es algo más preciso: reposicionar al Estado como desarrollador e inversor que equilibre un mercado que se escorò hacia un único instrumento. Reducir los incentivos a la venta del parque social, permitir a los municipios retener los ingresos de esas ventas, y reorientar el nuevo programa de vivienda asequible hacia el alquiler social, con un objetivo de seis veces más unidades que en la década anterior.
No es nostalgia. Es corrección técnica.
El modelo de compraventa pura genera asimetrías de información brutales, depende estructuralmente de la especulación, y produce burbujas cuya explosión no es un accidente sino una consecuencia necesaria del propio modelo. Cuando la vivienda se convierte en colateral de operaciones financieras, deja de cumplir su función urbana.
La diversificación de modelos – alquiler institucional, cooperativas, build-to-rent, retrofit-to-rent, PPP bien estructuradas – no es una agenda ideológica. Es lo que tienen en común los mercados habitacionales más estables del mundo: más diversidad de agentes, modelos y tenencias operando en simultáneo, con un Estado que calibra sin sustituir al mercado.
La pregunta no es cuántas viviendas construir. Es qué ecosistema de modelos hace que el acceso a la vivienda no dependa de una sola apuesta.
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